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El amor no estaba destinado a ser tan pequeño. Hemos reducido el amor a una habitación, a una cama para dos cuerpos, a una tensión carnal que llamamos pasión. Y mientras lo reducíamos, se fue empobreciendo, porque el amor no debía ser tan pequeño.

El amor es lo que nos une a la vida, a la tierra, a la memoria, a nuestras madres, a nuestros hijos, a nuestros muertos. No es solo lo que hace que el corazón lata más rápido, es lo que impide que el corazón se deshaga.

Incluso más allá del amor entre un hombre y una mujer, existe el amor a la luz, el amor a respirar, el amor instintivo de sobrevivir. Un recién nacido no sabe nada del mundo, pero sabe buscar el pecho, sabe llorar por calor, sabe aferrarse a la vida. Ese es el amor original: el impulso hacia lo que mantiene la existencia.

El amor entre un hombre y una mujer es solo una declinación, una variación, una expresión particular de esa fuerza inmensa que nos empuja a conectarnos. Porque amar, en el fondo, es rechazar el aislamiento absoluto; es decir: "No quiero existir solo".

La sociedad moderna ha encerrado el amor en la sensualidad, lo ha sexualizado, comercializado, guionizado. Nos enseñan a seducir, nos enseñan a consumir experiencias, pero no nos enseñan a amar.

Amar es sostener. Sostener al otro cuando oscila; sostener una idea cuando es impopular; sostener a un país cuando decae; sostener una promesa cuando se vuelve pesada. El amor verdadero es un peso elegido. No es una embriaguez permanente, es una responsabilidad visceral, un cansancio ofrecido.

El amor de un padre silencioso que se levanta al alba y regresa por la noche destrozado es una forma de amor que nadie aplaude, pero que sostiene a generaciones. El amor de un hombre por su patria no es una posesión territorial; es un apego a una memoria, a unos olores, a unas voces desaparecidas.

Si el amor fuera solo un placer, no dolería tanto cuando desaparece. Nos conmociona porque toca nuestros cimientos. Se puede amar la verdad, amar la justicia, amar la rectitud; y esos amores exigen a veces más valor que el amor romántico. Amar la verdad es rechazar la mentira, incluso cuando es cómoda. Amar la justicia es aceptar la impopularidad. Amar la dignidad es renunciar a ciertas ventajas.

El amor, en su sentido más amplio, está siempre ligado a una elevación. Nos tira hacia arriba, nos arranca de la mediocridad. Cuando se reduce a lo carnal, cae hacia abajo; se vuelve impulso, consumo, intercambio. Y cuando el amor se vuelve intercambio, se vuelve frágil: "Te amo mientras me satisfagas", "Me quedo mientras lo sienta", "Prometo mientras sea fácil". Cuando el amor ya no tiene una base más profunda, se derrumba.

El amor verdadero no va contra el cuerpo, lo honra, pero lo trasciende. Ve el cuerpo como una puerta, no como un fin. El problema no es el deseo; el problema es hacer del deseo la definición. Porque el deseo busca tomar; el amor busca dar. El deseo quiere poseer; el amor quiere preservar. El deseo se apaga cuando obtiene; el amor crece cuando protege.

Y luego está esa otra reducción trágica: hacer de la traición una normalidad. Hablamos de infidelidad como un accidente estadístico. La analizamos, la contextualizamos, la relativizamos. Pero la traición no es solo una falta privada, es un veneno social. Rompe la promesa, y cuando la promesa se rompe, el vínculo se vuelve frágil. Cuando la fidelidad se vuelve excepcional, la desconfianza se vuelve estructural. Y una sociedad sin confianza es una sociedad fría.

El amor es lo que calienta el mundo. Es lo que hace que un profesor se preocupe realmente por sus alumnos, que un médico no vea solo un expediente, que un vecino ayude sin interés. Sin amor, la vida es biología; con amor, se vuelve significativa.

Quizás la verdadera revolución hoy no sea amar más, sino amar "más grande". Amar hasta el punto de elevar, de proteger, de permanecer fiel. Porque el amor no debía ser una bajeza, debía ser una nobleza. Y mientras no le devolvamos su altura, seguiremos buscando en los cuerpos lo que solo el alma puede ofrecer.